I. El primer quiebre: cuando el mundo real entró sin permiso#
“Todos crecimos con una promesa. Este es el momento en que la mía se rompió.”
Hay edades en las que uno todavía cree que el mundo funciona por algún tipo de lógica moral. Una especie de contrato silencioso entre la vida y nosotros: si haces las cosas bien, si estudias, si te portas como deben portarse los buenos, entonces las cosas deberían salir bien. Esa es la educación emocional que recibimos sin darnos cuenta. No está en ningún libro, ni en ningún sermón, ni en ningún discurso escolar. Está en la manera en la que los adultos nos hablan del mundo: siempre con certezas, siempre con respuestas, siempre con la ilusión de que la realidad es un sistema ordenado que solo espera a que crezcamos para darnos la bienvenida.
Pero llega un momento —para algunos a los treinta, para otros a los veinte, para otros más temprano o más tarde— en que esa ilusión se resquebraja. Para mí, ese quiebre llegó mucho antes de poner un pie en Guadalajara. Fue más silencioso, más íntimo y más desconcertante: no fue un choque contra la miseria visible, sino contra la decepción invisible, esa que se siente primero dentro de la cabeza antes de manifestarse en el mundo exterior.
Fue la adolescencia la que me abrió los ojos a la fuerza. No por un evento trágico, no por una noticia devastadora, sino por la acumulación de preguntas que nadie podía responder. ¿Por qué había tanta injusticia si se nos enseñó que las instituciones existían para evitarla? ¿Por qué la gente buena sufría y la gente cruel prosperaba? ¿Por qué había maestros quebrados intentando educar a niños que vivirían las mismas precariedades? ¿Por qué había personas defendiendo sistemas que los estaban aplastando?
Nadie me lo dijo así, pero yo ya comenzaba a sospechar la respuesta: el mundo real no funciona como lo describen los adultos ni como lo narran los libros.
Esa sospecha fue mi primer quiebre.
Lo extraño de esta etapa es que uno no quiere aceptar el quiebre. La mente entra en una especie de shock moral: si lo que te enseñaron no es verdad, entonces ¿dónde estás parado? ¿qué se supone que debes pensar? ¿a quién se supone que debes escuchar?
Esa incertidumbre duele. Duele más que una tragedia visible. Porque no destruye algo de afuera: destruye el mapa interno con el que sabías caminar.
Y es ahí donde entré, sin saberlo, a mi primera gran confusión ideológica.
Recuerdo que la sensación no era tanto “quiero entender la política”, sino “quiero sentir que entiendo algo”. Y cuando uno quiere respuestas rápidas, la derecha siempre tiene una silla vacía esperando a que te sientes. Con su discurso simple, ordenado, moralizante. Con su mentira disfrazada de sentido común: “el mundo es una meritocracia”, “las cosas están mal porque la gente no se esfuerza”, “siempre ha habido pobres, así es la vida”, “el progreso es cuestión de disciplina individual”.
Y yo, como muchos, caí en ese canto de sirena. No por maldad. No por egoísmo. Por miedo. Por confusión. Por la necesidad de creer que algo, lo que fuera, tenía coherencia.
Era más fácil culpar a las víctimas que confrontar la posibilidad de que el sistema entero estuviera roto.
Ese fue mi segundo quiebre: darme cuenta de que podía convertirme en lo que más detestaba sin darme cuenta, por pura desesperación de sentirme en control.
Pero el quiebre más profundo fue el siguiente: cuando descubrí que los discursos que defendía no eran mis pensamientos, sino heridas maquilladas.
La derecha me ofreció una narrativa ordenada. Mi corazón la aceptó. Y luego mi mente comenzó a romperla pieza por pieza.
Me di cuenta de que la “disciplina” no salva del hambre. Que la “meritocracia” no existe donde no hay igualdad de condiciones. Que la “libertad” sin justicia es solo un privilegio para unos cuantos. Que yo estaba defendiendo ideas que lastimaban a gente que se parecía más a mí que a quienes las financiaban.
Y ahí vino el tercer quiebre: la vergüenza de haber sido ingenuo.
No hay nada más duro que darse cuenta de que defendiste a quienes te despreciarían en cuanto los incomodaras. Que sostenías argumentos que en realidad te estaban sosteniendo a ti… para no caerte emocionalmente.
Ese quiebre no fue político. Fue existencial.
Porque te obliga a hacerte una pregunta brutal: ¿Quién sería yo sin las ideas que me contaron? ¿Quién sería yo sin las ideas que adopté para no sentir miedo?
Esa fue la pregunta que me empujó a seguir buscando. A dudar del centro. A desconfiar de los liberales. A mirar hacia la izquierda. A leer más allá de los memes que consumía. A repensarlo todo desde cero.
Lo que yo no sabía entonces era que eso apenas era el inicio. El quiebre fundamental —el más doloroso, el que cambiaría todo— no estaba en los libros, ni en las teorías, ni en las discusiones en línea.
Estaba esperando en las calles de Guadalajara.
II. El viaje por las ideologías: caer, levantarse, confundirse#
Hay una etapa en la vida en la que uno empieza a buscar un lugar donde poner la mente, igual que cuando buscas dónde poner los pies para cruzar un río. No quieres tener la razón: quieres sentir que el suelo no va a desaparecer.
Después del primer quiebre, yo ya no sabía quién era políticamente. Y esa sensación —la de no pertenecer a ningún lado— es más dolorosa de lo que se admite en público. Uno cree que la ideología es un ejercicio racional, pero no: es un mapa para no sentir que estás caminando solo.
Primero vino la derecha, pero solo como refugio temporal.
Lo admito sin orgullo ni vergüenza: yo entré a la ideología de derechas no por convicción, sino por miedo. El miedo al caos. El miedo a aceptar que el mundo es injusto. El miedo a no tener respuestas.
La derecha ofrecía certeza: “la pobreza es problema individual”, “la desigualdad es natural”, “las cosas son como son”.
Era cómodo. Y por lo mismo, era falso. Pero en ese momento yo no podía verlo.
Luego vino el centro, esa zona tibia donde uno se esconde para no enfrentar nada.
El centro político me atrapó por un tiempo, como a tantos otros jóvenes confundidos. El centro es como un cuarto sin ventanas ni responsabilidades: todo es relativo, todas las posturas son “válidas”, nadie está del lado equivocado porque decidiste que los lados no existen.
Es la ideología perfecta cuando no quieres pelearte con nadie, pero tampoco quieres comprometerte con nada.
Es la política del “pues quién sabe”. Mientras afuera la gente se muere.
Me di cuenta rápido: ser centrista no era ser moderado, era ser cómplice del status quo.
Morena fue mi siguiente parada: una esperanza que se volvió fractura.
Creí —como muchos— que ese movimiento era algo más que lo que terminó siendo. Creí que por fin habría una política que defendiera a los pobres de verdad. Que el discurso social no sería solo un disfraz del poder.
Pero no pasó mucho tiempo antes de darme cuenta de que ese sueño también venía con grietas. Grietas que dolían. Grietas que no se querían ver porque aceptarlas significaba volver a empezar desde cero.
Y yo ya estaba cansado de empezar desde cero.
En ese cansancio llegué al marxismo.
No por moda, no por pose, no por rebeldía de adolescente tardío.
Llegué al marxismo como quien encuentra una puerta donde antes solo había paredes.
Fue la primera vez que alguien me dijo algo que nadie más se atrevía a decir:
las miserias del mundo no son fallas del sistema, son su diseño. Que la pobreza tiene dueños. Que la explotación es arquitectura. Que la desigualdad no es accidente: es motor.
Marx no me dio esperanza. Me dio comprensión. Me dio lenguaje. Me dio una lupa para estudiar las grietas que yo ya veía sin saber cómo nombrar.
Pero incluso el marxismo dejaba preguntas abiertas: ¿cómo se gobierna sin reproducir dominación? ¿cómo se construye un mundo distinto sin caer en otro autoritarismo? ¿cómo se evita que la revolución se vuelva Estado y el Estado se vuelva cárcel?
Yo no quería reemplazar a un tirano por otro. No quería repetir los errores del siglo XX. No quería “tomar el poder”: quería que el poder dejara de ser un arma.
Luego coqueteé con el comunismo, como quien mira un espejo y busca su reflejo ideal.
Había algo hermoso en esa utopía: la idea de comunidad, de justicia, de cooperación, de dignidad compartida.
Pero también estaba la historia, con sus errores, sus dogmas, sus líderes que terminaron demasiado lejos del pueblo.
Y yo, aunque valoraba la teoría, sabía que no podía idealizarlo. No podía cerrar los ojos ante sus sombras.
El comunismo me enseñó que otro mundo es posible. Pero también me enseñó que las ideas, sin autocrítica, pueden convertirse en monstruos.
La última parada fue la más confusa: intentar inventar mi propia voz.
Porque después de escuchar a la derecha, al centro, a Morena, al marxismo y al comunismo…
…me di cuenta de algo que ya estaba dentro de mí:
yo no quería un sistema rígido.
Quería justicia.
Querían que me definiera: “¿eres comunista?”, “¿eres socialista?”, “¿eres anarquista?”, “¿qué eres?”. Y yo solo podía responder algo que parecía insuficiente para otros, pero que para mí se volvía más claro cada día:
No me interesa una etiqueta. Me interesa un mundo donde la gente no tenga que destruirse para sobrevivir.
Yo no estaba buscando una bandera. Estaba buscando una brújula.
Y todavía no sabía que esa brújula aparecería con toda su fuerza cuando llegara a Guadalajara y viera —por primera vez de frente— el mundo que antes solo había intuido en silencio.
III. Guadalajara: el abrir de ojos definitivo#
Guadalajara no fue mi despertar. Fue la prueba de que ya no podía seguir dormido.
Yo llegué a esta ciudad pensando —como tantos foráneos— que la vida urbana sería el paso natural hacia mi futuro. Pensé que vería oportunidades, tecnología, modernidad, progreso.
Lo que vi fue otra cosa. Lo que vi fue el verdadero rostro de México, sin filtros, sin eufemismos, sin la anestesia de los libros de texto.
La primera bofetada fue la miseria.
La miseria no como concepto sociológico, sino como presencia física. Como cuerpos rotos en las banquetas. Como miradas perdidas que ya no piden ayuda porque nadie la da.
Personas cubiertas solo por una cobija raída, temblando en el frío de las madrugadas. Ancianos tratando de dormir sobre cartones. Niños sin supervisión caminando entre coches a medianoche.
Y yo, caminando hacia la universidad, pasando junto a ellos, sintiendo cómo algo dentro de mí se partía cada vez un poco más.
Nadie me preparó para eso. Nadie te prepara para ver la muerte lenta de alguien a quien el sistema abandonó hace décadas.
La segunda bofetada fue la muerte.
Y no la muerte abstracta, metafórica. La muerte real, la que cae del cielo del metro, la que interrumpe la rutina, la que te deja parado en el andén sin entender qué está pasando.
Los suicidios del Tren Ligero. Gente que ya no pudo más. Gente que no encontró otra salida.
Y ese silencio colectivo después del impacto, ese silencio que no es respeto sino miedo, ese silencio donde todos voltean a otro lado como si eso los librara.
Ese silencio… Ese silencio también mata.
Yo estaba ahí. Yo miré ese vacío en las miradas. Yo vi cómo un sistema puede convertir a una ciudad entera en cómplice involuntaria.
La tercera bofetada fue la velocidad del sufrimiento.
La ciudad es una máquina hecha para desgastar. Gente que se levanta a las 4 de la mañana. Gente que llega a su casa a las 11 de la noche. Gente que solo ve a sus hijos dormidos. Gente que vive para trabajar y trabaja para no morir.
Gente que ya no tiene energía ni para desear otra vida.
Vi personas dormidas de pie en el tren, cabeceando, con el uniforme de sus trabajos todavía puesto. Vi obreros con manos destruidas sosteniendo bolsas de mandado como si cargaran el mundo entero.
Vi mujeres llorando en silencio en el transporte público. Vi hombres deshechos tratando de no quebrarse en el asiento de plástico.
Vi el cansancio acumulado de generaciones enteras.
Y entendí, por primera vez, que en este país la vida no se vive: se sobrevive.
La cuarta bofetada fue la desigualdad obscena.
En Guadalajara puedes caminar tres cuadras y viajar en el tiempo:
En una cuadra, departamentos de 15 mil pesos al mes, cafeterías de autor, carros de lujo, perros con suéter. En la siguiente, casas a punto de derrumbarse, calles sin pavimentar, gente sin comer.
No hay transición. No hay punto medio. Solo un corte quirúrgico entre quienes el sistema protege y quienes el sistema descarta.
Ese contraste me marcó profundamente. Te hace ver que este país no es un accidente: es un diseño.
Un diseño para que unos pocos vivan bien, y muchos vivan apenas lo suficiente para seguir trabajando.
La quinta bofetada fue la indiferencia.
Ese fue el golpe más duro.
Entender que la gente no es mala, pero está anestesiada. Que no es indiferente por gusto, sino por desgaste.
Porque si te duele todo, te vuelves piedra para no desmoronarte.
Pero aun así… duele ver cómo una persona se cae en plena calle y solo dos se acercan. Duele ver cómo alguien tiembla de frío en la banqueta mientras decenas pasan a su lado. Duele ver cómo un suicidio en el tren solo provoca retrasos en la línea.
Duele ver cómo nos convertimos en espectadores del dolor.
Y en ese momento lo supe:
No. Yo no voy a aceptar este mundo.
No. Yo no voy a hacerme piedra.
No. No voy a normalizar lo que está podrido.
Guadalajara no me enseñó nada nuevo. Solo me arrancó la venda de los ojos. Me mostró, sin piedad, lo que siempre estuvo ahí: la injusticia profunda, la violencia estructural, la muerte silenciosa que se esconde bajo la rutina.
Y en medio de esa ciudad que me rompía día tras día…
…empezó a crecer algo dentro de mí:
Un “ya basta” que no pude volver a callar.
IV. La lucha interna: mi familia, mis dudas, mi miedo#
Es curioso cómo las batallas políticas más difíciles no se libran contra gobiernos ni rectores ni sindicatos. Se libran en la casa, en la mesa del comedor, entre voces que amas y silencios que duelen.
Guadalajara me había mostrado un país roto. Pero mi familia me mostraba otra grieta: esa que se abre cuando el mundo que tú ves no coincide con el que ellos todavía creen ver.
Mi mamá: el silencio que protege.
Mi mamá no es indiferente. Solo está cansada.
Su forma de sobrevivir fue construir un mundo pequeño, seguro, manejable. No le interesa la política porque la política siempre le llegó como un golpe que venía de lejos. Prefiere confiar en mi papá, porque pensar por cuenta propia a veces duele más de lo que alivia.
Cuando le hablo del sistema, de las injusticias, de la clase trabajadora, se queda en silencio. No porque no entienda, sino porque lo entiende demasiado. Y porque sabe que si empieza a pensar en todo eso, se rompe.
Su silencio no es falta de interés. Es un mecanismo de defensa.
A veces me gustaría que lo supiera.
Mi papá: el creyente del sistema, porque así pudo sobrevivir.
Mi papá viene de otra época: cuando se creía que el Estado iba a protegerte, cuando la democracia mexicana parecía una promesa, cuando la educación pública era un sueño colectivo, cuando ser maestro era una identidad, una misión, un orgullo.
Él vio caer gobiernos. Vio movimientos estudiantiles reprimidos. Vio amigos despedidos, o peor. Vio la maquinaria política desde adentro. Su fe en Morena —como la de tantos— no nace de ingenuidad, sino de necesidad.
Porque ¿qué hace uno cuando ya no queda otra cosa en qué creer?
Por eso se ofende cuando digo que un campesino sostiene el mundo igual que un profesor. No porque lo niegue, sino porque lo confronta.
Confronta la idea de que su trabajo, su lucha, sus décadas de esfuerzo, también están atrapadas en la misma red que aprieta a los de abajo.
Mi papá confía en las instituciones porque fue criado para hacerlo. Porque confiar le permitió vivir sin miedo. Porque admitir que nada funciona sería admitir que perdió la vida luchando contra un viento que nunca dejó de soplar en su contra.
Yo lo entiendo. Y aun así… no puedo seguir su camino.
Mi hermano: el que casi despierta.
Mi hermano está a un paso del filo. A veces lo veo más consciente que muchos adultos. Tiene preguntas que yo no tuve a su edad. Tiene rabia, pero no sabe dónde ponerla. Tiene empatía, pero no sabe cómo usarla.
A veces cae en discursos individuales —y luego se arrepiente. A veces defiende la igualdad —y luego tropieza con la ideología que absorbe sin darse cuenta. Es normal. Nadie despierta de golpe.
A veces lo escucho hablar y pienso: “Solo necesita el empujoncito que yo nunca tuve.”
Y yo…
yo era el único que veía el mundo arder a los 360 grados.
Era el único que no podía volver a mirar atrás. El único que, una vez que entendió las estructuras, no pudo seguir fingiendo.
Pero no pienses que fue fácil. Ni que soy más fuerte que ellos.
Yo también dudaba. Yo también tenía miedo. Yo también quería esconderme bajo la idea de que “todo estará bien”.
Porque abrir los ojos duele. Porque la conciencia no te da paz: te da responsabilidad.
Y esa responsabilidad pesa.
La conversación más dura no fue con rectoría.
Fue con mi padre.
No cuando lo contradije. Sino cuando vi su mirada de preocupación.
Me vio confrontar a autoridades en la universidad. Me vio organizar, reflexionar, movilizar. Me vio romper cadenas que él pasó décadas intentando ignorar.
Y aunque sabe que tengo razón —porque lo sabe— también sabe que esto no es un juego.
Él vivió épocas peores. Él vio lo que “los poderosos” pueden hacer.
Cuando me dijo “ten cuidado”… no lo dijo como quien aconseja. Lo dijo como quien teme perderte.
Esa frase me rompió más que cualquier represión.
Pero aquí está la verdad más cruda:
Mi papá tiene miedo de que yo muera por mis ideales.
Y yo tengo miedo de no vivir si los traiciono.
Ahí está el nudo. Ahí está el conflicto. Ahí está esa tensión interna que nadie te enseña a cargar.
Porque yo sé quién soy ahora.
Sé que no quiero fama ni poder ni títulos. Sé que no quiero imponer ni liderar. Sé que no busco ser mártir ni héroe.
Solo quiero justicia. Solo quiero que nadie viva lo que yo vi en Guadalajara. Solo quiero que nadie pase hambre, frío o miedo porque a un político se le ocurrió administrar la miseria como si fuera presupuesto.
Quiero un mundo más justo. Y no tengo miedo de decirlo.
A veces, mi familia me mira como si hablara desde un futuro que ellos ya no pueden imaginar. Como si yo fuera una mezcla rara de ingenuidad y convicción que no debería existir. Como si estuviera caminando en la cuerda floja sin red debajo.
Pero no entienden que yo ya caí muchas veces. Y que aprender a levantarme fue lo que me volvió imparable.
V. La ruptura interior y la reconstrucción#
Nadie despierta políticamente desde la comodidad. La conciencia no nace en un salón con aire acondicionado ni en un libro de teoría. La conciencia nace cuando algo en ti se quiebra tan fuerte que el mundo que conocías deja de tener sentido.
Yo me rompí muchas veces. Pero hubo un quiebre que no pude ignorar más.
Me destruyeron. Y yo también me dejé destruir.
Antes de llegar a quien soy hoy, hubo momentos en los que fui otra cosa. Donde me traicioné. Donde dejé que otros marcaran mis límites. Donde permití que me hirieran porque creía que el dolor me hacía fuerte. Donde confundí aguantar con ser valiente.
Pasé por relaciones, amistades, ideologías y estructuras que desgarraron partes de mí que pensé que jamás volverían a crecer.
Hubo etapas donde:
dejé que me trataran como si mi vida valiera menos,
creí que mis emociones eran un error,
me tragué discursos en contra de todo lo que ahora defiendo,
pensé que la empatía era debilidad,
me repetí que el mundo siempre sería así y que yo no era nadie para cambiarlo.
Ese fue mi punto más bajo. La fase donde más vulnerable fui a la manipulación ideológica. La etapa donde la derecha me pareció un refugio porque me prometía orden, control, respuestas simples para un dolor complejo.
Me costó años entender que muchas derechas sobreviven precisamente de atrapar a personas rotas.
Yo fui una de ellas.
Y no me da vergüenza admitirlo. Me da orgullo haber salido.
El momento exacto en el que me quebré del todo
No fue un evento único. Fue una acumulación:
la miseria en las calles,
los cuerpos que vi en las vías del tren,
ese olor a desesperación de la madrugada,
ver a gente dormir dentro del vagón y no saber si se iban a despertar,
los ancianos vendiendo chicles bajo la lluvia,
los trabajadores que volvían a casa con la vida drenada en la mirada.
La primera vez que vi un cuerpo cubierto con una sábana blanca en la banqueta, me quedé paralizado.
Ahí es donde el mundo se rompió dentro de mí.
No era solo tristeza. Era rabia.
Rabia por cómo nos obligaron a aceptar esto como normal. Rabia por cómo la sociedad gira la cara. Rabia por la indiferencia que se vuelve hábito. Rabia por los discursos que repiten “así es la vida” como si fuera una ley natural.
Ahí entendí que había dos opciones:
romperme más o reconstruirme.
Elegí reconstruirme. Pero reconstruirme desde cero. Desde el núcleo. Desde el tipo de persona que ya no puede aceptar la injusticia como paisaje.
Reconstruírme significó aceptar mis errores.
aceptar que defendí cosas indefendibles,
aceptar que fui manipulable,
aceptar que también lastimé personas,
aceptar que me perdí en ideologías que eran espejos rotos,
aceptar que la dignidad no es algo que te regalan, sino algo que tienes que reclamar.
Y aun así, en ese proceso, apareció algo que no esperaba:
La certeza de quién soy.
Una certeza tan fuerte que ya no depende de la aprobación de nadie, ni de partidos, ni de maestros, ni de instituciones, ni siquiera de mi familia.
Hoy sé dónde estoy parado.
Y sé por qué.
No porque lo haya leído. No porque me lo hayan contado. No porque alguien me haya convencido.
Sino porque la vida me obligó a verlo todo desde el suelo. Y desde ahí, lo único que queda es decidir si te quedas tirado o te levantas con un propósito.
Yo me levanté.
Pero no me levanté solo. Me levantó la gente que sufre en silencio, la gente a la que nadie ve, la gente que muere sin nombre, la gente que sostiene al mundo sin reconocimiento.
Ellos son mi brújula. Ellos son mi ideología. Ellos son mi razón.
Yo solo soy su testigo.
VI. La conciencia nace cuando entiendes que nadie vendrá a salvarnos#
Hay un momento en la vida donde uno deja de esperar. Deja de esperar al político correcto. Deja de esperar a que el sistema reaccione. Deja de esperar a que “alguien más” haga lo que es necesario.
Ese momento no llega como un rayo iluminador. Llega como cansancio. Como un agotamiento del alma.
Un día simplemente entiendes que no existe ningún adulto responsable que venga a arreglar esto. Que el Estado no es papá. Que las instituciones no protegen. Que el sistema nunca ha estado diseñado para ti. Que la justicia, si llega, siempre será gracias a los que luchan, nunca a los que gobiernan.
Ese día mi conciencia política dejó de ser teoría y se volvió decisión.
No fue heroísmo. Fue necesidad.
No entré al movimiento estudiantil buscando gloria. No quería ser líder. No quería que me respetaran. No buscaba reconocimiento.
Yo entré porque estaba harto. Harto de ver arbitrariedad. Harto de ver miedo. Harto de que mis compañeros asumieran que “así son las cosas”. Harto de ver cómo la universidad —ese lugar que debería ser refugio— reproducía los mismos vicios del país que la rodea.
Al principio fue solo una incomodidad. Luego una molestia. Después una rabia. Finalmente una claridad: si yo no lo hacía, nadie lo iba a hacer por mí.
Confrontar al poder por primera vez es un acto íntimo, no público.
El verdadero punto de no retorno no fue cuando estuve frente al rector. Ni cuando un administrativo nos insultó. Ni cuando grabamos evidencias. Ni cuando hicimos un mitin.
El verdadero momento fue antes, en silencio, dentro de mí, cuando entendí que ya no podía volver a cerrar los ojos.
Después de eso, lo demás fue consecuencia.
La primera vez que vi la maquinaria desde adentro, pensé: “¿Esto es todo?”
La universidad siempre se presenta como un gigante: pulcro, ordenado, imposible de mover.
Pero cuando lo miras de cerca, ves otra cosa:
contradicciones,
improvisación,
jerarquías rotas,
gente con miedo,
autoridades repitiendo discursos vacíos,
funcionarios que no leen sus propios oficios,
un sindicato que actúa en las sombras,
decisiones tomadas por conveniencia y no por justicia.
Y entonces entiendes algo devastador:
No estamos luchando contra una institución invencible. Estamos luchando contra la costumbre.
Y la costumbre se rompe.
No soy un revolucionario. Soy un estudiante que dejó de tener miedo.
A veces la gente me pregunta por qué me meto en esto. Por qué arriesgo. Por qué expongo mi nombre. Por qué confronto. Por qué insisto.
Y siempre pienso lo mismo:
Porque ya vi el mundo real. Porque ya vi lo que pasa cuando nadie se planta. Porque ya sé cómo se ve una generación que decide no luchar. Porque ya sé quiénes pagan el precio cuando todos voltean la cara.
No temo a los rectores. No temo a los sindicatos. No temo a los administradores con uniforme. Tampoco temo a los porros disfrazados de trabajadores.
Mi miedo no está ahí.
Mi verdadero miedo es este: convertirme en alguien que ve injusticia y se queda callado.
Ese sí sería un destino peor que cualquier represalia.
La asamblea no me salvó: me recordó quién era.
Ahí encontré algo que no sabía que estaba buscando:
jóvenes cansados pero firmes,
compañeros que también habían despertado,
gente que sabía que resistir no es un acto romántico, sino necesario,
miradas que no bajaban los ojos ante la autoridad,
personas que entendían que la universidad es del estudiante,
no de los caciques, no de los sindicatos, no de la burocracia.
Ahí entendí otra verdad fundamental:
La organización es la respuesta a la impotencia.
No porque garantice victoria, sino porque evita la soledad.
Lo que hago no es grande. Lo grande es lo que hacemos juntos.
Mi papel no es especial. No soy fundador. No soy dirigente. No soy la figura central.
Soy solo una chispa dentro de un incendio colectivo. Una voz más. Un cuerpo más. Un estudiante que se cansó de esperar permisos para defender lo que le pertenece.
Si me esfuerzan a decir quién soy políticamente, no diré una etiqueta. Diré algo simple:
Soy alguien que entendió que la dignidad no se delega.
Y ya no pienso devolverla.
VII. ¿Y ahora qué?#
No sé qué va a pasar. Y creo que, por primera vez en mi vida, estoy en paz con esa frase.
Porque la verdad es que ningún movimiento que haya valido la pena nació sabiendo hacia dónde iba. Ninguna defensa de la dignidad comenzó con certezas. Ninguna transformación arrancó con un mapa perfecto.
La historia no avanza por profetas; avanza por personas comunes que se niegan a normalizar la injusticia.
Y yo, Mikey, soy uno de ellos.
No busco una utopía: busco que dejemos de morir como si fuera normal.
Quiero un país donde no tengas que salir a las cinco de la mañana para cruzar la ciudad. Donde la muerte deje de ser parte del paisaje. Donde dormir en el tren no sea síntoma de explotación. Donde la pobreza no sea destino heredado. Donde estudiar no sea un privilegio. Donde respirar no sea un riesgo. Donde existir no sea resistencia.
No quiero un paraíso socialista. No quiero un futuro anarquista perfecto. No quiero promesas vacías de modernidad.
Quiero algo más simple y más difícil:
que vivir no duela tanto.
No creo en salvadores. Creo en procesos.
No espero a un nuevo Marx. Ni a un nuevo AMLO. Ni a un nuevo Lenin. Ni a un nuevo líder con respuestas para todo.
La gente que promete salvarte sin que tú hagas nada es la misma que te va a pedir obediencia absoluta.
El poder siempre ha sido adicto a su propia voz.
Yo creo en otra cosa: en la organización, en la colectividad, en el pensamiento crítico, en los estudiantes que se sientan en el suelo para decidir su destino, en las manos que pintan murales aunque un oficio diga que no, en la gente que ya no se deja asustar.
Creo en la asamblea porque ahí nadie manda sola. Ahí no hay caudillos. Ahí aprendí que lo contrario de la jerarquía no es el caos, sino la escucha.
El futuro no es una línea recta: es un pulso.
Y ese pulso está aquí:
en cada estudiante que ya no baja la mirada, en cada trabajador que ya no se traga el abuso, en cada persona que empieza a decir “¿y por qué no?”, en cada pregunta incómoda, en cada volante repartido, en cada acto pequeño de dignidad.
Las revoluciones no empiezan con banderas. Empiezan con incomodidad. Y luego con decisión.
¿Qué quiero lograr?
No quiero destruir la universidad. Quiero reconstruirla desde adentro. Quiero que pertenezca a quienes la viven, no a quienes la administran. Quiero que la educación deje de ser mercancía. Quiero que la voz del estudiante pese más que el sello del oficio.
Y sé que yo solo no puedo.
Pero tampoco estoy solo.
No soy líder. No busco serlo.
Si algún día desaparezco de la asamblea, el movimiento seguirá. Si mañana me canso, otros tomarán mi lugar. Si un día me callan, mi silencio no detendrá a nadie.
Porque lo importante nunca fui yo. Lo importante es lo que despertó en muchos.
La semilla está plantada. Ya no depende de mí. Depende de todos.
¿Y ahora qué?
Ahora seguimos.
Con el miedo ahí, pero sin controlarnos. Con la rabia ahí, pero sin consumirnos. Con el cansancio ahí, pero sin rendirnos.
Ahora hacemos lo que siempre ha hecho la gente que se rehúsa a vivir con la cabeza gacha:
Caminamos. Pensamos. Organizamos. Luchamos. Cuidamos. Resistimos.
Y si no nos dejan espacio, lo abrimos. Y si nos cierran puertas, las pintamos. Y si nos dicen que pidamos permiso, respondemos con dignidad.
Porque el futuro —el real, no el que vende el sistema— no se hereda ni se concede.
Se construye. Se disputa. Se arranca.
Y yo, desde mi lugar pequeño y enorme a la vez, pienso seguir haciéndolo.
Porque ya vi cómo es el mundo cuando nadie lucha. Y no quiero volver ahí.
Nunca más.


