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Prólogo: El mundo que me prometieron

OnlyMikey
Autor
OnlyMikey
I’ve been good for way too long, Gonna get the shit I want.
El mundo que me prometieron - Este artículo es parte de una serie.
Parte 1: Este artículo

Cuando era niño, creía que el mundo era justo. No porque me lo dijeran con palabras, sino porque todo parecía estar diseñado para hacerme creerlo. Los libros de historia hablaban de héroes que dieron su vida por un país libre, las maestras decían que estudiar era la llave del futuro, y en casa se repetía la idea de que “el que trabaja duro, progresa”. Era una fe tranquila. Pensaba que bastaba con portarse bien, estudiar y no meterse en problemas para que la vida te sonriera.

En las clases de historia, los conservadores eran los malos y los liberales los buenos. Y yo, sin dudarlo, elegí mi bando. Los liberales eran los que creían en el cambio, en la educación, en el pueblo. ¿Quién no querría estar con ellos? Pero nadie explicó que esos “liberales” también fundaron el país desigual que hoy vivimos, ni que el mismo sistema que decían combatir terminó volviéndose su máscara más duradera. Era una historia donde los buenos ganaban siempre, y yo, con la ingenuidad de un niño, pensé que eso aún era cierto.

Salí de la primaria y el país cambió de golpe. O tal vez no cambió, solo se me cayó el velo. Las calles no eran limpias ni seguras, los policías no eran guardianes del orden, y las instituciones no servían a todos por igual. Las escuelas se caían a pedazos, los maestros hacían milagros sin recursos, y el futuro ya no dependía del esfuerzo, sino del apellido y la suerte. Por primera vez sentí una fisura: esa distancia entre lo que me enseñaron y lo que veía. Era como si alguien me hubiera cambiado el guion de la vida sin avisarme.

En secundaria todavía tenía esperanza. Creía en el progreso, en la tecnología, en los “emprendedores”. Admiraba a Elon Musk, a Bill Gates, a Zuckerberg. Pensaba que eran los nuevos héroes de la humanidad, que hacían del mundo un lugar mejor. No entendía que cada “avance” venía del trabajo mal pagado de miles de personas invisibles, ni que el progreso que vendían era un disfraz de control. Era empatía mal enfocada: la idea de que los ricos también merecen comprensión. Ahora sé que eso no era empatía, sino anestesia.

En preparatoria seguía creyendo que el cambio podía venir desde arriba. Voté con ilusión, confié en los discursos, aplaudí las promesas. Pero nada cambió. La pobreza seguía, la violencia crecía, y los supuestos héroes solo cambiaban de color en la boleta. Entonces me di cuenta de que la política mexicana no se divide en buenos y malos, sino en los que mandan y los que aguantan. Y nosotros, los de abajo, siempre estamos en el segundo grupo.

La universidad no me dio certezas, pero me dio tierra. Ahí descubrí que el país no está roto, está diseñado para funcionar así. Que la corrupción no es un error del sistema, sino el sistema mismo. Que las autoridades no temen al desorden, temen al pueblo organizado. Y que la educación no siempre libera, a veces adoctrina. Fue en los pasillos de la universidad, entre huelgas, asambleas y discusiones interminables, donde entendí que despertar no es solo pensar distinto: es mirar de frente el miedo que te enseñaron a ignorar.

Ahí también entendí que no quiero destruir nada. No busco un mundo nuevo sobre ruinas, sino una raíz nueva bajo el concreto. Creo en la autogestión, no como consigna, sino como forma de vida. Creo que los pueblos y los estudiantes, cuando deciden pensar por sí mismos, son más poderosos que cualquier gobierno. Y creo, sobre todo, que el cambio no empieza en las instituciones, sino en el momento exacto en que uno deja de creer que el mundo es justo.

No soy comunista, ni anarquista, ni socialista puro. Solo un ser humano que intenta encontrar un lugar entre la máquina y la tierra. Entre el algoritmo que nos programa y el maíz que aún resiste. Entre el ruido de la modernidad y el silencio donde germina la esperanza.

Dejar de creer que el mundo era justo no me quitó la fe. Solo me enseñó dónde sembrarla.

El mundo que me prometieron - Este artículo es parte de una serie.
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